La tribuna dentro del micrófono


Sobre el lenguaje, la pasión y la palabra que construye o destruye en el fútbol.Foto: Andrés Esteban Marín (Anesma)

Tenía quizás ocho años cuando descubrí que una voz podía ser un estadio entero. En la antigua grabadora Silver de mi papá —esas que devoraban pilas grandes y casetes de noventa minutos con la misma velocidad— grababa las transmisiones de fútbol como quien guarda agua en tiempos de racionamiento. Guardaba los gritos, las pausas y los silencios tensos antes del penal. Guardaba, sobre todo, las palabras: esas construcciones casi imposibles que los narradores levantaban en décimas de segundo para describir lo que ninguna imagen podía capturar del todo.

Narradores de fútbol y el poder de la emoción colectiva

En aquella época, ir al estadio era también llevar un radio al oído. La señal del partido y la voz del relator llegaban al mismo tiempo. Ellos eran quienes sabían ponerle nombre a la belleza. Voces que movían masas con una sola frase, que convertían un remate desviado en tragedia griega o un gol de media cancha en epopeya colectiva. Para el niño que grababa desde la sala de su casa, eran semidioses.

Tiempo después, ya en las aulas de la Universidad de Antioquia y comenzando a relacionarme laboralmente con ese mundo, entendí que eran algo más interesante: eran seres humanos. Personas con un micrófono en la mano, una tribuna que los escuchaba y, dentro del pecho, la misma tensión irresuelta que cargamos todos los que amamos el fútbol. Esa tensión —entre lo que uno siente y lo que uno dice— es el corazón de todo lo que vino después.

Vivir el fútbol desde distintos roles

Pasé por varios costados del fútbol. Después de jugar algunos años en torneos de la liga antioqueña —con más entusiasmo que talento, hay que decirlo—, estuve en el lado del árbitro. Luego llegué a los medios, con grabadora en mano —ya no la Silver de la infancia, sino una profesional, de esas que uno mostraba como credencial antes de mostrar el carné— persiguiendo declaraciones en las salas de prensa.

Y después, desde adentro de un equipo profesional: atendía a los periodistas, gestionaba sus accesos y redactaba boletines a las once de la noche después de una derrota, buscando el tono justo entre la transparencia y la prudencia institucional.

Tres posiciones distintas para ver el mismo fenómeno: el lenguaje del fútbol como campo de batalla simbólica donde las palabras no solo describen lo que pasa, sino que muchas veces lo producen, lo deforman o lo incendian. Desde cada orilla aprendí algo diferente. Pero la lección más persistente, la que más regresa, viene siempre desde adentro de los medios. Si contara todo lo vivido en esos pasillos, daría para muchos libros.

Sociología del fútbol y construcción de identidades

El fútbol tiene una gramática propia que los sociólogos y antropólogos llevan décadas intentando descifrar. El francés Christian Bromberger lo describió como un ritual que condensa, en noventa minutos, las tensiones más profundas de una comunidad: sus miedos, sus jerarquías, sus deseos de victoria y sus necesidades de pertenencia.

Pablo Alabarces, desde Argentina, rastreó cómo el lenguaje de la hinchada construye identidades que no caben en el lenguaje cotidiano: el insulto como escudo, el grito como señal de tribu, la ofensa como liturgia de los que se reconocen entre sí tanto por lo que aman como por lo que odian. Su compatriota Eduardo Archetti fue incluso más lejos: el fútbol es uno de los pocos espacios donde la violencia verbal no solo es tolerada, sino ritualizada, esperada y, en muchos casos, celebrada como señal de autenticidad.

Periodismo deportivo frente al lenguaje de la hinchada

El problema no es que esa gramática exista. El problema es cuando el periodista la adopta como si fuera la suya. Y peor aún, cuando la normaliza. Porque hay una diferencia esencial —frágil, pero fundamental— entre el hincha que grita desde la tribuna y el periodista que habla desde el micrófono, escribe desde su columna o comenta desde su pantalla. El hincha habla desde el amor a veces ciego, desde la herida del resultado o desde una identidad que no negocia ni pide turno. El periodista, en cambio, habla desde un lugar de mediación: interpreta, contextualiza y orienta. O debería.

El micrófono no es una extensión de la camiseta —esa que por estrategia de marketing cambia de diseño cada temporada—. El comentario, la columna, el hilo de X o el video de TikTok: todos son, o deberían ser, instrumentos de comprensión pública. Pero esa línea, en el ecosistema comunicativo actual, se ha vuelto tan porosa que a veces ya no se ve.

Medios digitales, algoritmo y discurso agresivo

Las plataformas digitales no inventaron el lenguaje agresivo en el fútbol. Ese venía de antes, encajado en la cultura del hincha, en los corrillos de la tribuna o en las cabinas —bueno, ahora la mayoría ya ni van al estadio y transmiten desde los estudios o desde las casas—. Lo que hicieron los medios digitales fue darle escenario infinito y recompensa inmediata.

Un comentario incendiario no solo llega más lejos que una crónica bien argumentada. Llega más rápido, genera más reacciones y construye comunidad —aunque esa red se funde sobre la rabia y no sobre el entendimiento—. El algoritmo no distingue entre indignación legítima y exabrupto gratuito. Entonces, todo es interacción. Y la interacción, en la lógica de las plataformas, es la moneda que importa.

La presión de parecer hincha en el periodismo deportivo

Esto afecta a todos por igual. Al narrador que exalta en cabina, al comentarista que opina en el panel del mediodía, al periodista que escribió en sus redes antes de terminar de ver el partido o al “generador de contenidos” que hace análisis tácticos con el mismo tono de quien insulta desde una barra. El formato cambia. La tentación es la misma.

En ese contexto, el periodista deportivo —sin importar su medio ni su plataforma— enfrenta una presión silenciosa pero constante: parecerse a la tribuna para sobrevivir en ella. Adoptar su tono, sus insultos y su urgencia emocional. Convertirse, en el fondo, en el hincha más articulado del grupo, no en su interlocutor crítico.

Y esa conversión no siempre ocurre en un momento dramático. Ocurre despacio, como el casete que se gastaba de tanto rebobinar. Una palabra de más aquí, un adjetivo fuera de lugar allá, una transmisión o un comentario en vivo donde el calor venció a la cabeza.

He visto ese deslizamiento desde adentro. Lo he visto en narradores que perdieron el hilo entre describir y juzgar. Lo he visto en comentaristas que confundieron el análisis con el veredicto inapelable. Lo he visto en periodistas que olvidaron el contraste. Y lo he sentido en mí mismo, en algún momento de cansancio o descuido, cuando la frontera entre lo que pensaba como periodista y lo que sentía como seguidor se adelgazó hasta volverse casi transparente.

Comunicación institucional y relación con los medios

Cuando estuve al frente de las comunicaciones de un equipo profesional, la relación con los medios fue siempre una negociación entre mundos que se necesitan, pero no siempre se entienden. Los periodistas querían acceso, información y verdad sin filtros. La institución quería narrativa, control del daño y protección de sus actores. En el medio, yo intentaba traducir sin traicionar a ninguno de los dos. Era un trabajo de equilibrista, y los días de derrota eran el alambre más flojo, el momento donde todo podía caerse.

Lo que aprendí en ese rol es que el comunicador institucional no puede ser el policía del periodismo, pero tampoco puede ser su espejo complaciente. Su responsabilidad —muchas veces invisible, siempre ingrata— es garantizar condiciones para que el ejercicio periodístico ocurra con rigor, con acceso real, con transparencia y con dignidad para todos. Es el puente entre la institución y su gente.

La acreditación de prensa no es un favor que se concede ni un privilegio que se otorga: es una herramienta de trabajo y un símbolo de confianza entre quien informa y quien es informado. Cuando esa confianza se quiebra —desde cualquier lado— algo más grande que un protocolo se fractura.

Importancia de la responsabilidad

Hay una escena que regresa con frecuencia cuando pienso en todo esto. Fue después de un partido complejo en el estadio Atanasio Girardot, en aquella época en que las ruedas de prensa se hacían dentro de los mismos camerinos y no existían aún las zonas mixtas que hoy estructuran ese rito. Un periodista reconocido, con décadas de oficio y autoridad ganada a pulso, salió del pasillo con los audífonos puestos y la mirada clavada en su grabadora. Le pregunté si había registrado la declaración del técnico.

Levantó apenas la vista. Hubo una pausa. Breve, pero densa.

—“No importa lo que dijo. Importa lo que yo diga”, respondió.

No lo decía con malicia. Parecía que lo decía con el conocimiento de quien sabe que la velocidad le ganó la carrera al rigor hace mucho tiempo. Pero en esa frase cabía todo el problema. Toda la fractura. Todo el peso de una profesión que a veces se olvida de para qué existe.

Hoy esa frase podría decirla también el comentarista que opina sin haber visto el partido completo, el analista que construye su relato antes de escuchar al protagonista, el periodista digital que publica primero y verifica después, si acaso. El soporte cambia. Las maneras responsables de hacer periodismo, no.

El poder del relato en el fútbol y su impacto social

El fútbol es, entre muchas otras cosas, una manera de narrar el mundo. Los que lo contamos —desde el micrófono, desde la cámara, desde el teclado o desde la pantalla del celular— cargamos una responsabilidad que va mucho más allá del resultado del partido. Construimos relatos que la gente usa para entenderse a sí misma. Para saber quién ganó, sí, pero también para saber quién es, de dónde viene y qué merece.

El lenguaje agresivo, el insulto como recurso expresivo, la rabia convertida en método. Todo eso tiene consecuencias reales fuera de las pantallas, en los patios de los colegios, en las mesas de los restaurantes, en los grupos de WhatsApp donde el fútbol se sigue discutiendo mucho después de que el árbitro pitó el final.

El niño de la grabadora Silver sabía que narrar el fútbol era reproducir la emoción. El adulto que luego aprendió a arbitrar, a cubrir partidos y a gestionar las comunicaciones del deporte sabe que narrar el fútbol es, también, elegir qué mundo se construye con cada palabra.

Esa elección no se resuelve en los códigos de ética ni en los protocolos de acreditación. Ocurre, callada y decisiva, cada vez que alguien se planta frente a su micrófono, su cámara, su columna o su red social y tiene que decidir —en décimas de segundo, como aquel narrador que yo grababa de niño— si en ese momento es periodista o es hincha.

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