Periodistas, influencers y youtubers: no son lo mismo, aunque algunos mandatarios insisten en confundirlos


Muchos Influencer y Youtubers creen que están en el mismo rango de un comunicador o periodista, pero sus conocimientos no se acercan en nada.

 

En la era digital todos comunican, pero no todos ejercen periodismo. Y aunque parezca una obviedad, es necesario decirlo con claridad: periodista, influencer y youtuber no son lo mismo. Cumplen roles distintos, tienen responsabilidades diferentes y responden a lógicas completamente opuestas.

El periodista tiene una función social definida. Su misión es buscar la noticia, contrastar la información, verificar fuentes, contextualizar hechos y rendir cuentas a la ciudadanía. Su trabajo no depende del aplauso inmediato, sino del rigor, la credibilidad y la permanencia.

El influencer construye audiencia desde su marca personal. Su éxito se mide en alcance, interacción, seguidores y visibilidad. Puede informar, opinar o entretener, pero su prioridad es la conexión digital.

El youtuber es creador de contenido en una plataforma específica. Puede hacer análisis, entretenimiento, denuncia o simple viralidad. Pero la plataforma no determina la función social.

La diferencia es clara:

Un periodista busca la noticia y la información.

Un influencer o youtuber busca likes y “me gusta”, y vende.

Ambos son válidos en el ecosistema digital. Pero no son equivalentes.

El problema surge cuando desde las instituciones públicas no se entiende —o no se quiere entender— esta diferencia. Con frecuencia escuchamos a alcaldes, gobernadores y funcionarios afirmar que apoyan a los medios de comunicación. Sin embargo, en la práctica, esa distinción desaparece.

En las ruedas de prensa, donde hay que escuchar con atención, preguntar con criterio y cuestionar con argumentos, asisten casi siempre los mismos periodistas. Los que investigan. Los que cubren. Los que incomodan cuando es necesario.

Pero cuando se convoca a un desayuno, un almuerzo o una celebración institucional, la escena cambia: los salones se llenan, los comedores rebosan y aparecen rostros que rara vez se ven cubriendo una sesión del Concejo o una crisis administrativa.

En el reciente Día del Periodista fuimos testigos de ello. Celebraciones multitudinarias, expectativa por el detalle o el regalo, y una presencia masiva que no se refleja en la cobertura diaria. Incluso, en la conmemoración realizada por la Diócesis de Armenia, tres o cuatro seudoperiodistas llegaron, desayunaron y se marcharon sin acompañar el acto completo. No hubo interés en el contenido. Solo en el consumo.

Eso duele. Y preocupa.

La diferencia se hace aún más evidente en momentos de crisis. Con la reciente emergencia en Córdoba a raíz de las inundaciones, vimos a periodistas con el agua a la cintura informando desde el lugar de los hechos, narrando la tragedia, dando voz a los damnificados y cumpliendo su deber con riesgo y compromiso.

Al mismo tiempo, también vimos a algunos influencers y youtubers buscando el mejor ángulo, la imagen más impactante, el momento más dramático para obtener visualizaciones. El dolor convertido en contenido. La tragedia convertida en algoritmo.

No se trata de descalificar nuevas formas de comunicación. Se trata de llamar las cosas por su nombre.

Cambiar esta situación depende de los mandatarios, de todos y cada uno de los funcionarios de las entidades públicas. Depende de entender que apoyar el periodismo no es llenar listas de invitados ni repartir recordatorios; es reconocer la labor constante, garantizar acceso transparente a la información y respetar la función crítica.

La democracia necesita periodistas que pregunten, no solo creadores que transmitan.

Necesita rigor, no solo alcance.

Necesita profundidad, no solo viralidad.

El Día del Periodista no debería ser una romería gastronómica. Debería ser un espacio para reflexionar sobre la responsabilidad del oficio y sobre el compromiso de quienes ejercen poder frente a la prensa.

Porque cuando se confunden los roles, se debilita la profesión.

Y cuando se premia la presencia ocasional por encima del trabajo permanente, el mensaje es equivocado.

Y también es justo reconocer lo que se hace bien.

Admiro y aplaudo a aquellas entidades que, en la reciente celebración del Día del Periodista, optaron por encuentros más cerrados, organizados con criterio y bajo parámetros claros de selección. Aunque personalmente no estuve en ese listado de invitados, valoro profundamente ese tipo de decisiones.

No se trata de exclusión; se trata de coherencia.

Cuando una institución define con rigor a quién convoca bajo el reconocimiento del ejercicio periodístico, está enviando un mensaje claro: el periodismo es una profesión que merece respeto, trayectoria y compromiso.

Desde aquí, el llamado es a que más entidades sigan ese ejemplo. Que comprendan que dignificar este lindo oficio implica diferenciar, valorar la constancia y respaldar a quienes ejercen con responsabilidad.

Porque fortalecer el periodismo no es ampliar la lista.

Es elevar el estándar.

Y cuando se eleva el estándar, gana la profesión… y gana la democracia.

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