La violencia que nunca se va del fútbol colombiano
Otra vez este flagelo es el protagonista en las finales del fútbol.
Por estos días, el fútbol colombiano volvió a perder. Y perdió feo. No en la cancha, donde Atlético Nacional celebró su octavo título de Copa BetPlay tras vencer al Deportivo Independiente Medellín, sino en las tribunas, donde la violencia volvió a robarse el protagonismo y a opacar lo que debía ser una fiesta.
La noche del 17 de diciembre de 2025 en el estadio Atanasio Girardot terminó convertida en un escenario de angustia y tensión.
Tras el pitazo final, en la tribuna norte, hinchas del DIM protagonizaron disturbios, derribaron vallas, lanzaron objetos a la cancha y retrasaron la premiación del equipo verdolaga.
El clásico paisa, uno de los espectáculos más esperados del fútbol nacional, terminó manchado por enfrentamientos, caos y miedo.
El balance oficial estremece: más de 60 personas heridas, entre ellas siete policías. Más de 43.000 aficionados asistieron al estadio, pero también se decomisaron bengalas, bazucas con más de 300 disparos, más de 20 cajas de pólvora tipo torta, y fue necesaria la intervención de más de 1.100 uniformados para controlar los desmanes, según la Secretaría de Seguridad de Medellín. Cifras que hablan de todo menos de deporte.
Violencia en el fútbol: el eterno déjà vu
Se han escrito miles de columnas rechazando la violencia en el fútbol. Se han publicado miles de comunicados de dirigentes indignados. Se han guardado miles de minutos de silencio que no silencian nada. Y, sin embargo, aquí estamos otra vez.
Lo ocurrido en el Atanasio Girardot sacude hoy porque es noticia. Mañana será otra cosa. Pasado mañana, el olvido. Y en ese ciclo perverso, la violencia regresa intacta, como si no se hubiera dicho nada, como si no se hubiera prometido nada. Y casi siempre es lo segundo, nunca lo primero.
Después de cada desmán, todos coinciden en el mismo diagnóstico superficial: “Hay que hacer algo”. Entonces aparecen las recetas de siempre: endurecer castigos, implementar biometría para ingresar a los estadios, prohibir la entrada a los violentos, cerrar tribunas, anunciar medidas ejemplares. El problema no es lo que se dice, sino lo que no se cumple.
Los anuncios suelen ser rimbombantes en redes sociales, pero duran lo mismo que el escándalo mediático. Se diseñan soluciones para apagar el incendio del día, no para evitar que el problema vuelva a estallar mañana. Se actúa desde la reacción y no desde la prevención.
Y por eso esta columna, como tantas otras, corre el riesgo de ser repetitiva. Porque ya se sabe qué hay que hacer y no se hace. Porque se sigue tratando la violencia como un hecho aislado y no como una enfermedad estructural. Porque es más fácil sancionar después que educar antes.
La verdadera solución empieza mucho antes, en la infancia: en enseñar a convivir con la diferencia, en entender que alguien puede amar otros colores sin convertirse en enemigo, que pensar distinto no autoriza a odiar, agredir o destruir.
Mientras no se asuma esa responsabilidad colectiva —desde la familia, la escuela, los clubes, los dirigentes y el Estado— el fútbol colombiano seguirá celebrando títulos entre sirenas, policías y heridos. Y cada trofeo levantado tendrá, inevitablemente, el sabor amargo de una violencia que nunca se va.
En un trabajo serio, disciplinado y constante, hemos logrado sumar este importante número de logros.
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