El último clásico de la vida
"No envejecemos cuando aparecen las canas; envejecemos cuando dejamos de encontrar razones para seguir iluminando la vida de los demás."
Existe un partido que nadie puede ganar y, sin embargo, todos estamos llamados a jugar con dignidad. No tiene árbitro, no entrega trofeos y jamás aparece en las portadas de los periódicos. Se llama vida. Su cronómetro comienza a correr el día en que nacemos y, aunque desconocemos el minuto exacto del pitazo final, cada jornada nos acerca un poco más al desenlace inevitable.
Curiosamente, pasamos buena parte de nuestra existencia preparándonos para los primeros tiempos del partido: estudiar, trabajar, formar una familia, levantar empresas, conquistar sueños, perseguir reconocimientos. Pero casi nadie nos enseña a jugar con sabiduría los minutos finales. Tal vez porque la sociedad idolatra la juventud y confunde la experiencia con el ocaso.
A partir de los sesenta y tantos años ocurre algo casi imperceptible. El teléfono deja de sonar con la misma frecuencia. Las reuniones continúan sin que nuestra silla sea indispensable. Los proyectos siguen adelante sin consultar aquella opinión que durante décadas fue referencia. Al principio duele. El ego reclama protagonismo. Pensamos que el mundo ha sido injusto.
Pero el tiempo, ese maestro que nunca levanta la voz, termina revelándonos una verdad liberadora: el mundo nunca nos perteneció. Siempre estuvo de paso, igual que nosotros.
Comprenderlo no representa una derrota. Al contrario, constituye una de las mayores victorias del ser humano. Porque cuando desaparece la necesidad de demostrar quiénes somos, aparece el privilegio de simplemente ser.
Entonces descubrimos que enseñar vale mucho más que competir; que escuchar produce más satisfacción que imponer; que un consejo dado desde la experiencia tiene un valor infinitamente superior al aplauso de una multitud.
Llegan los setenta y, con ellos, otro aprendizaje silencioso. Muchos sienten que la sociedad comienza a olvidarlos. Sin embargo, quizá lo que realmente desaparece no es la persona, sino el personaje.
Los cargos terminan. Los títulos se archivan. Los diplomas acumulan polvo. Las fotografías amarillean. Incluso los récords deportivos encuentran quien los supere. Nada material resiste la marcha implacable del tiempo.
Lo único que permanece es aquello que sembramos en los demás.
Por eso las amistades auténticas adquieren un valor incalculable. Son esos amigos que ya no preguntan cuánto dinero tienes, ni qué cargo ocupas, ni cuántos seguidores acumulas. Preguntan algo mucho más importante:
—¿Cómo estás?
Y esa sencilla pregunta vale más que cualquier homenaje. Después llegan los ochenta. Quizá los noventa para quienes reciben ese extraordinario regalo llamado longevidad. Los hijos viven ocupados construyendo sus propias familias. Los nietos crecen a la velocidad con la que cambian los tiempos. Las visitas ya no son diarias y el silencio vuelve a instalarse en la casa.
Muchos interpretan ese momento como abandono. La sabiduría lo llama libertad. Porque también nosotros dejamos atrás a nuestros padres mientras construíamos nuestros propios sueños. La vida nunca fue una cadena. Siempre fue un puente entre generaciones.
Amar no consiste en retener.
Amar consiste en permitir que quienes amamos vuelen tan alto como alguna vez nosotros soñamos hacerlo.
Y entonces comprendemos otra gran lección: la verdadera herencia no son las propiedades, ni las cuentas bancarias, ni los objetos que algún día otros repartirán. La auténtica herencia son los principios, los valores y el ejemplo.
Ningún notario puede repartir la honestidad.
Ningún testamento puede dividir la bondad.
Ningún impuesto grava el amor que dejamos sembrado.
Cuando finalmente llegue el instante de abandonar este escenario llamado Tierra, quizá nadie recuerde cuántas reuniones presidimos, cuántos contratos firmamos, cuántos campeonatos narramos o cuántos premios recibimos.
Pero alguien recordará una conversación que cambió su vida.
Otro evocará un abrazo en el momento más difícil.
Un hijo repetirá una enseñanza.
Un amigo sonreirá al pronunciar nuestro nombre.
Y, sin saberlo, seguiremos viviendo un poco en cada uno de ellos.
En El Escenario de los Clásicos hemos aprendido que los grandes clásicos no pertenecen únicamente al fútbol, al ciclismo o al atletismo. También existen seres humanos que se convierten en clásicos porque jamás pasan de moda. Son aquellos cuya grandeza nunca estuvo en los reflectores, sino en su capacidad de inspirar, acompañar, servir y amar.
Los campeones levantan copas.
Los ídolos reciben ovaciones.
Las leyendas ocupan páginas de historia.
Pero las buenas personas encuentran un lugar mucho más difícil de conquistar: el corazón de quienes tuvieron la fortuna de conocerlas.
Tal vez ese sea el verdadero sentido de la existencia.
No vivir para ser admirados.
Sino vivir para ser recordados con gratitud.
Porque la muerte puede apagar una voz, detener unos pasos y cerrar unos ojos.
Lo que jamás podrá borrar es la luz que una vida buena dejó encendida en el alma de los demás.
Ese es el único triunfo que el tiempo nunca podrá arrebatarnos.
Y ese, quizá, sea el último y más hermoso clásico de la vida.
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